viernes, 8 de septiembre de 2017

Comprobar a qué sabe lo eterno.

Supongo que eres como esas oportunidades que pasan una vez en la vida, como esas sensaciones que experimentas en momentos irrepetibles o como eso que te transmite la canción que tanto te hace sentir cuando suena en el momento más oportuno. Sin embargo, sé a ciencia cierta que, aunque intermitente, llegaste para no apagarte y para impedir que yo misma dejara de brillar; llegaste para encender la música cuando más necesitaba bailar y, tímida, marcaba el ritmo de mis pasos en silencio, sola, con el vacío como pareja de baile. Y es que más de una vez necesitamos que alguien que no sepa bailar se atreva a moverse con nosotros aunque no sepa cómo y la música ya no suene; que te mire aunque no distinga tu cara porque no hay luz pero sepa cuándo, nerviosas, vuestras miradas se buscan. A veces necesitas sentir el calor de su piel, el roce de su mano, estremecerte a cada paso firme que da escalando tu cuerpo, su cálido respiro en tu cuello, su ropa por el suelo y el reloj sin avanzar. A veces necesitas volar acompañado, ver todo desde arriba, comprobar a qué sabe lo eterno.

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